TIENES un cardenal en el cuello, a tres centrímetros de tu oreja derecha. Yo soy zurdo para besar. Acabo de ver una oropéndola, bichito literario. Me culpo enteramente de ese moretón eclesiástico. En donde tú yacías hay un fresno y tres chopos. Yo no merezco estos paisajes.
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José Viñals
(PAN, en Ed. Pre-textos, 2009)
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La sangre del cordero africano es indeleble.
También las flores de labios prietos, sedientos.
A la mitad del campo agoniza semejante luz sin advertencia. Como un arpa del señor los huesos suelen llorar al son del viento. Destilan música los huesos, al son del hambre.
Ojos susurrantes se abren y cierran donde ni cal ni arena fueron sino edades y cenizas del corazón.
El agua de tu rostro
en un rincón del jardín,
el más oscuro del verano,
canta como la luna.
Fantasma.
Terrible a mediodía.
A la altura de los lirios
la muerte sonríe.
Sobre una pequeñísima charca,
ojo de dios,
un insecto flota bocarriba.
La miel silba en su vientre
abierto al dedo del estío.
Todo canta a la altura de tu rostro
suspendido como una luz eterna
entre la noche y la noche.
Canta el pantano,
arden los árboles,
no hay distancia,
no hay tiempo.
El verano trae lo perdido,
el mundo es esta calle de fuego
donde todas las rosas caen y vuelven a nacer,
donde los cuerpos se consumen
enlazados para siempre
en lo más negro del verano.
En un rincón del jardín
bajo una piedra canta el verano.
En lo más negro,
en lo más ciego y blanco,
donde todas las rosas caen,
allí flota tu rostro,
fantasma,
terrible a mediodía.
fallece a los 82 años, éste jueves de marzo del 2009, la irrepetible poeta peruana Blanca Varela
HISTORIA
puedes contarme cualquier cosa
creer no es importante
lo que importa es que al aire mueva tus labios
o que tus labios muevan el aire
que fabules tu historia tu cuerpo
a toda hora sin tregua
como una llama que a nada se parece
sino a una llama
nuestro desvelo es nuestro bosque
aguza el oído como una hoz
a trillar lo invisible se ha dicho
para eso estamos
para morir
sobre la mesa silenciosa
que suena
De El Libro de Barro
El lugar bajo el árbol, huyendo del sol. Mirando a los dioses borrarse en el muro y a los hombres sangrar en el libro de barro. Sal en los labios y en los ojos la memoria desollada aproximándose a la ausencia ejemplar.
Entresueño bajo el árbol, en el paraíso desierto del vientre lastrado de visiones.
Miembros en flor. Pies de cinco manos, estrellas crucificadas y la testa que cruza la red como un astro instantáneo en el juego del ocaso.
Camino a las islas los pájaros no cantan. La historia de la historia es el mar. Ola sobre ola, plegándose.