Por Viktor Gómez
ANA PÉREZ CAÑAMARES

Ana Pérez Cañamares (1968) nació en Santa Cruz de Tenerife y en la actualidad vive en Madrid. Algunos de sus cuentos han aparecido en antologías tales como Por favor sea breve (Editorial Páginas de Espuma), Lavapiés (Editorial Ópera Prima), Maldito amor mío (Editorial Signo Tres, Lima), o Escritos disconformes. Nuevos modelos de lectura (Ediciones Universidad de Salamanca). Colabora con algunos de sus poemas en las antologías Qué nos han hecho (Editorial Isla Varia), Resaca/Hank Over. Un homenaje a Charles Bukowski (Random House Mondadori), Versus.12 Rounds (Ediciones del Satélite), Bukowski Club Jam Session de Poesía 06-08 (Ediciones Escalera), 23 Pandoras. Poesía alternativa española (Editorial Baile del Sol), Poesía Capital (Editorial Sial/Contrapunto), La manera de recogerse el pelo. Generación Bloguer (Bartleby Editores, próxima aparición), así como en distintas revistas impresas y digitales. Administra el blog El alma disponible (elalmadisponible.blogspot.com), dedicado a la poesía. En el 2007 publicó su primer libro de poemas, La alambrada de mi boca, en la Editorial Baile del Sol; esta misma editorial ha reeditado en el 2009 su libro de relatos En días idénticos a nubes. En la actualidad prepara su segundo poemario, Alfabeto de cicatrices.
ALFABETO DE CICATRICES
Con pulso de artificiero
escojo las palabras.
Manejo con tacto
la nitroglicerina de cada sílaba.
Por culpa de palabras mal usadas
a mi corazón lo cruza
un alfabeto de cicatrices.
PERDONADME QUE AHORA JUEGUE
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa
Wislawa Szymborska
Cuando veo fútbol, tenis
carreras de fórmula 1
no olvido que en otras cadenas
siguen los telediarios.
Mientras gritamos gol
otro coche bomba explota
en un mercado; antes
de que acabe el set
habrá diez palestinos menos;
se apaga el semáforo
y una vida más en Guantánamo.
Mis padres llamaban
partes a los telediarios.
Ellos sabían que la guerra
no había terminado:
mientras en el salón la tele
vomitaba metralla,
la radio en la cocina
escupía recuentos de muertos.
Perdonadme que ahora juegue:
el dolor fue una institutriz severa.
ESTACIONES
Para la gente de Esferadeletras
Leo los poemas de Amijai en el tren
levanto la cabeza y ahí está:
la primavera estallando en los descampados
una gran bomba de la que el tren huye
porque los poemas que los árboles dictan
están escritos en un idioma exótico
que no entendemos los que vamos
a recluirnos en nuestras casas
la palabra estación ya sólo nos habla
de lugares en los que apearse
y el único sol que me calienta ahora
es el que apresaron las uvas
antes de hacerse vino.
LA ANTIGUA NIÑA PRODIGIO
Para Inma
Cansada ya de ser el payaso
de todas las reuniones
dispuesta a no llenar más
el vacío con ingenio
decides dar tu última fiesta
No pedirás regalos ni trajes de gala.
Los invitados traerán razones
para quererte
sin enamorarlos.
Cuál de ellos será el primero en darse cuenta
de que no has pedido ayuda al maquillaje
de que como tu gata
-el último animal que adoptes-
has decidido ponerte de parte
de la elegancia de las estatuas rotas
Los recibirás sentada en el sillón
que heredaste de tus padres muertos.
El trono de niña prodigio te quedaba grande.
No es que empequeñezcas; es que,
como todos, te has ido erosionando
y sólo en tu pelo las canas tiesas
hablan de tu pasado como muñeca.
Para ser buena anfitriona te bastará
con callar que los juegos son algo muy serio
que en leer las instrucciones se pasa la vida.
Bastará con aceptar la inocente avidez
de los que sacan las cartas
y levantan casinos de la nada.
Sonríes. Nadie sabrá que esta fiesta
será el ensayo de tus próximos proyectos:
olvidar las trampas que aprendiste
y camuflar en los abrazos
una coquetería irrenunciable.
LAS PIEDRAS
Durante las vacaciones
recogemos las piedras
que el mar nos regala.
Son las piedras con las que luego,
en el invierno, reconstruimos
las ruinas de nuestras guerras.
No sólo les pedimos
que resistan.
También que nos recuerden
que el mar existe.
Por Viktor Gómez
JOSÉ MARÍA GÓMEZ VALERO

José María Gómez Valero (Sevilla, España, 1976). Autor de los libros de poesía: Miénteme (1997), El libro de los simulacros (1999), Travesía encendida (2005) y Lenguajes (2007, en colaboración con el pintor José Miguel Pereñíguez). Aparecerá en los próximos meses el libro de relatos para niñas y niños Las gafas de la niña intrépida, escrito en colaboración con David Eloy Rodríguez y Miguel Ángel García Argüez.
Poemas suyos han sido recogidos en diversas antologías nacionales e internacionales.
Participa en diferentes proyectos escénicos vinculados a la palabra poética con los que ha sido invitado a participar en numerosos auditorios –musicales, literarios, multidisciplinares…– y festivales artísticos. Su trabajo actual en el ámbito de la polipoesía y el spoken word puede conocerse en Todo se entiende sólo a medias (www.soloamedias.net), una acción poética de La Palabra Itinerante.
Imparte talleres de creación literaria desde 1997. Ha participado en exposiciones colectivas de arte contemporáneo. Es uno de los responsables de la editorial Libros de la Herida (www.librosdelaherida.blogspot.com) y forma parte del colectivo andaluz de acción cultural La Palabra Itinerante.
EL ESTRATEGA
El estratega había calculado
todos los movimientos de su ejército.
Cualquier contratiempo estaba previsto:
decenas de dibujos y de esquemas,
hijos de la pasión y del insomnio,
atestaban su tienda de campaña.
Su táctica era perfecta, brillante,
quizás el mejor plan de asalto diseñado.
No cabía la sorpresa o el error:
la ciudad caería al anochecer.
Llamó a los oficiales de su ejército
y les reveló: mirad, mi táctica es hermosa.
La ciudad caerá al anochecer,
se decía cada mañana el estratega
mientras contemplaba en el horizonte
las altas murallas de la ciudad.
(De Travesía Encendida)
SIMULACROS Y TRAICIONES
[el lenguaje de la mentira]
Cada trayecto que emprendía
era el principio de un desgarro.
Calmaba su sed en cuencos vacíos.
Enmascaraba con nombres todos los miedos.
De este modo acunó la enfermedad,
así cuajó la vida en crueles formas.
Labramos siempre tierras prometidas.
Nos dejamos morir en los brazos del mañana.
(Aquí se trata de mí.
Aquí se trata de ti y de mí.
Aquí se trata de ti y de ti y de ti y de mí).
(De Lenguajes)
NACER EN LA TELARAÑA QUE CUELGA DEL EJE DE LA RUEDA
I
Ningún tiempo es oscuro
si la luz te roza:
en el ojo del cisne
canta quien resucita,
azules recuerdos
sacuden al pez
en las redes,
en los océanos de los mapas
nadan los ahogados.
La lucha por palpar
con las palabras
el brillo oculto de estos días
–advertir en los labios
cómo se forma y crece
la primera burbuja de silencio–
(La lucha por palpar
con las palabras
el brillo oculto de estos días).
II
Dejar rastros de amor
en el camino hendido por la rueda.
Extender el mantel de la alegría
sobre la ceniza del daño.
Decir ventana
y que entre el cielo.
(De Lenguajes)
APUNTES PARA UNA BIOGRAFÍA CUALQUIERA
Nacer,
memorizar los signos,
ocupar una celda
en la intemperie.
Reconocer a tientas
la dureza de cada límite,
los contornos del orden.
Asistir cada día
al silencioso pacto,
ser cómplice
de piedras y difuntos
Jugar a cosas serias.
Mentir de corazón.
La noche,
los velos,
los desvelos.
La voz de la sólida sombra.
Arroparse sin sueño,
ansiar el tiempo en que nada se derrumba.
(Inédito)
Por Viktor Gómez
MARÍA SALGADO

[Foto de Pepe Calvo]
María Salgado (Madrid, 1984) En 2007 publicó ferias (UP José Hierro de S. S. Reyes, III Premio Félix Grande) Hay poemas suyos en varias revistas (Letra Clara, Kafka, La más bella, zapatosrojos.com.ar, Viento Sur, Cuadernos del matemático…) y en dos antologías del año 2004 (Todo es poesía menos la poesía y Periféricos) y, en 2009, coordinó el pliego Lxs de tu clase, tres poetas argentinos (Manuales de instrucciones).
Tuvo un grupo pank que nació y murió para tocar en Ladyfest Madrid 08. Fue co-inventora y co-redactora, junto a Gonzalo Escarpa, del fanzine (y sus alrededores no impresos) Circo de Pulgas. Desorienta el blog: globorapido.blogspot.com.
FUERA DE CASA / UNO
siento el sol sobre la cara limpiamente la mañana de un domingo
sobre la plaza, en la esquina, se ignora un edificio grande, blanco
y silueta de mujer con gorro, espuma
apenas he dormido, no entiendo bien qué hice ayer, me paro
contra la plaza quizás esté rompiendo el agua de la
brazada sorda en tiempo de espiral de una muchacha escueta esquemática
ritmo de crol, ritmo de mariposa, ritmo sensible, aletear, flotar
caer al fondo en un silencio ahogado contenido
mensurable
hogareño, por tanto, casa de agua
miro mi sol cronometrado en el invierno, me hace señas simples,
es de agradecer su sencilla compañía
Por Viktor Gómez
PEDRO MONTEALEGRE

Pedro Montealegre (Santiago de Chile, 1975) es periodista. Reside en Manises, Valencia, desde el año 2001. Ha publicado los libros Santos Subrogantes (Ediciones de la Universidad Austral de Chile, 1998); La Palabra Rabia (Editorial Denes, Valencia, 2005), El Hijo de Todos (Ediciones del 4 de Agosto, 2006) y Transversal (El Billar de Lucrecia, México, 2007). Edita el blog: montealegrepedro.blogspot.com.
3
Todos nos acostamos con un burro y con un muerto.
La fábrica se adelantaba a las frases y al símbolo,
–los condones llenos con maicena, con tinta
del interior de un pulpo. Una vez en el mercado
dijimos: señora, déme ventosas, gloria ignota del mar.
Sudada ante la presencia del maligno, un trozo
de enagua nos dio –para que lloviera– reverso
del poema y la trampa: su corazón atravesado
por humo de tabaco, un humo de pira –mitad del sepelio–:
caía champán desde el meato de las muchachas.
No teníamos eso. Estómago, no: juego de chola.
La paja. ¿La mirada blanca? Los chaperos
subieron –boda y vínculo– al cénit. La sangre se hizo
real, como el golpe, lupanar. Violencia; léase, anótese.
Y si es que rompo una copa con los dientes; si rompo
un lápiz-mina con el culo; si con todo el peso
salto en el aparato del bebé –el que ejercita sus piernas–
y decimos éxtasis, popper bendito –aquél que se inhala–
no el filósofo facha, o fecha; o ficha. El primero eres tú,
perito en torturar la tragedia, ¿la tengo?; la segunda, el día
de la menstruación, cuando abramos la boca: el tono
de los ángeles totalmente expuesto: los mercados tendrán
razón de quiebra. La tercera, te tengo –hábil calígrafo–
sin duda identificado. Sé lo que respiras,
lo que esputas e impeles. Sé muy bien asistir a una fiesta
y enseñar el agujero en la exila. Y que el golondrino
no haga verano o nido, aunque nos acostemos llorando
con un muerto, y el burro ya lo intuya.
5
Amy Winehouse se hizo la raya en el ojo y la inhaló.
Puso un kilo de carne en la joroba de su cabello;
luego estando borracha lo hizo sólido, hizo polvo ese kilo
en un mortero de roca, cantando, mientras el sol
echaba semillas –los gorriones felices. Hizo polvo esa carne
y lo inhaló. Sacó la lengua para recibir una hostia
pero entró un pequeño disco de vinilo. Todos los amantes
son la chica inglesa, la maravilla, el portón abierto
entre sus dientes. Los amantes pusieron la radio;
giró la luna y no el grifo del agua: el rostro con tizne,
rastro de caracoles o pequeñas estelas de cuarzo
manchando la entrada de la nariz. Porque la estrella
sale arañada de una fiesta, adelgaza, la cara se le chupa
y aparece la calavera, otra gramática. Los amantes
devolvieron un plato. Vomitaron a la cuenta de 3;
los parafílicos dijeron algo bajo la ducha: el disco
de la Winehouse al girar de noche: no, no. Nos hicimos
con la punta del dedo ardiendo –inmolación del fósforo–
una línea negra encima del párpado. Año 60. Año
de hambruna, de swing no entendido –baños públicos
donde el solitario anota un teléfono. Metimos
un ojo por la abertura. Y la boca. Y sonreímos
porque nos faltaba un diente –lo arrancamos nosotros mismos
para afilar una cuchilla. Amy Winehouse es punky,
añade un comentario. La cantante, una diva de verdad,
destruye el ideario del cuerpo –o costra– no hace
más que repetir, ¿el cliché es la música? Es arte:
canon o carnicería –el opinólogo suma. El disco
salta bajo la aguja, giramos en órbitas –cristales de crack–
semiorbitamos el tronco –costillas marcadas. Yonkis
nacidos de la amapola, clínicas de desintoxicación,
décadas levitantes. A nadie le sorprende un caballo.
(Ni Blanca Andreu –ni su niña de provincias– sorprende).
Hablamos de Amy. Los amantes, sus índices, la yema
en el límite del cieno, superan el olor de los perros mojados.
Dildo o jeringa, palabra en todas direcciones. La mecánica
de penetrar es la misma. El giro. El giro. La música
pide rehabilitación. Pero Amy dice no y el poema, no.
6
Le besamos el trasero a una yegua. No bastó
que pisáramos la cucaracha –sonido de galletas
bajo un pie de niño– y que el sudor –acetona–,
fuera tintura, sangrado menstrual: tintura
el jugo morado del maqui, pintándote la boca
como un Jocker –juego de cartas no hay: no hay
siquiera comodín– : divertido lo swinger
como el swing, el lolipop, lolipop –coro
o en corro de cuerpos: sirven bosques, sirven
aparcamientos –lejos– dunas de playas. Mientras
besamos el trasero de un camello –lo somos– da
maná de su joroba: la rosa de Jericó, esfínter verde
abierto como líquen, piernas –millones, velludas– 200
la medusa del desierto, así le dicen, mientras tú
no piensas en desiertos ni en rosas. Sí en perlas.
Sí en lo que suma. Uno. Y otra. Y más: siguen
dejando el matiz –todo está grabado en papiros,
pinturas murales, mosaicos– mientras las puertas
de los automóviles se abren, y salen gaviotas,
espuma marina del retrovisor, gusanos de seda
que se comerán nuestras uñas. El dolor está
en la culpa –el sonido del carnicero cuando corta–:
alguno escucha llover mientras golpean la cara
de una chica: la orinan, ella gana, se rebela: clava
un tacón aguja sobre el testículo. El profeta
gime. La tentación es un triángulo de avería.
Y hay mostacillas. Carmín. Monedas falsas.
Y hay hambre. Hay muertos. Reptiles
duermen en la cabeza de los calvos.
Golondrinas hacen nidos blancos en la nariz.
Pones un disco compacto, esperas en tu coche
a que se acerquen los amantes. La rosa de Jericó,
tu abierto pectoral: sonido, follaje seco
que luego da rocío. Polvo y perlas. Tocas
la lluvia con un dedo, hombres bellísimos,
racimo de uvas cruzadas por la brisa,
huella de ruedas y un sendero. Llaves perdidas
entre las pisadas, mariposas confusas:
no es un nardo, una campanilla transparente,
el preservativo colgando contra el sol.
Poemas de Muchachos Cayendo de las Nubes (inédito)
Por Viktor Gómez
LUCÍA BOSCÁ

Lucía Boscà Gómez (Valencia, 1985). Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia, estudia actualmente para terminar el Doctorado en el departamento de Teoría de los Lenguajes en la misma universidad. Sus poemas han sido publicados en 23 Pandoras (Baile del sol, 2009), Estaciones desnudas (Editorial Cocó, 2007), Nube de Cifras (Editorial Cocó, 2008) y Verso a verso II (Colección Náyade, 2005), así como en las revistas Vulture, Creatura y Adiós.
[Al interior del pájaro, justo...]
Al interior del pájaro, justo
en su centro: algo
empapado. Y algo en pequeños ovillos.
Ya no hay quién, que todo son
conversiones, y un daño hecho de negro y
de negro hecho el camino.
Pero hubo un tiempo,
y el hombre nacía del pájaro.
[Descanso: no...]
Descanso: no
aquí / sumergido
en ningún lugar. ¿Y cuántas
vidas han faltado
para dar un paso, dos?
¿Qué habrá
de las siguientes,
de todas aquellas,
las que terminaron
por empezar?
[La siembra todavía...]
La siembra todavía…
¡No contar! Sino ser
contado como al pasar el coche rojo
de algún niño.
Salvarse y seguir siéndolo
(fruto, tierra, pan)
entre cajas de cartón
entre cajas de cartón / en el
portal amontonadas:
así
te sentías. ¿Qué podrías
haber dicho tú entonces?
Por Viktor Gómez
ELOY SANTOS

Eloy Santos (Salamanca, 1963). Poeta y escritor, es Licenciado en Filología Románica por la Universidad de Salamanca. Ha vivido en Roma durante la mayor parte de su vida, por lo que sus primeros poemas fueron publicados en lengua italiana, como es el caso del poemario Nettunaria e altre poesie (Via del vento, 2002) y una selección poética en las antologías Lingue di mare, lingue di terra (1999) y Omaggio alla poesia spagnola (2004). En español ha publicado Donde nadie dice (Barallana, 2003) y Libro de olas (Elogio del horizonte, 2006). También ha coordinado el pliego Campo de retama, 13 poetas italianos contemporáneos (Manuales de instrucciones, 2009).
TALUD
Al borde de las vías,
sobre el incierto istmo que separa
el manto de gravilla de los campos sembrados,
a la tierra de nadie
ha regresado el asombroso reino,
las cenicientas del jardín de Flora.
La sagrada maleza
derrama entre dos áridos el hondo
perfume de lo grato, las galas inocentes
del diente de león y la violeta,
del cardo
y la retama
y la amapola,
la corte de colores de las frágiles,
las pobres damas de la malahierba.
Prendido a la ventana del vagón
en el tren detenido en la llanura
no hallo nada más cierto, más hermoso,
más digno de atención
o de ternura,
que esta selva azarosa
asediada en las lindes de lo útil,
y en las grietas sin dueño de todas las afueras,
donde nadie la nota,
ni recoge
su encendida lección de maravillas.
[Como un halcón ingrávido...]
Como un halcón ingrávido
que una broma del viento sostuviera en el aire
ocupo el lento espacio de mi cuerpo.
Mis ojos buscan lejos de mis ojos
un alma que me acoja, una rama desnuda.
He subido a pedir vuelo a mi sombra,
una senda en el vértigo.
Sentado ante una mesa que murmura
nubes incomprensibles
cultivo tiempo, signos, esperanza.
Me finjo escriba, o rey ensimismado
en su bella durmiente de papel.
Y más allá de mí contemplo un río,
un viejo río, el único, cuyo cauce es la vida.
Y con mi caña de pescar soñada
lleno mis manos de peces de otro mundo
y los vuelvo a soltar aguas arriba,
justo un momento antes de encontrarlos,
por el placer de parecerme a Dios
cuando nadie me mira.
RELOJ
De las entrañas del reloj llegaron
los secretos ejércitos que abatieron la casa.
Sus moradores lo veían sólo
como un objeto más, un manso oráculo
que ordenaba los días.
Por eso no le hacían mucho caso:
iban deprisa de la aurora al crepúsculo,
de la cama a las calles, o a los sueños,
casi sin darse cuenta, mientras él
velaba en la pared, profundo y solo,
ojo de agua quieta con agujas
exactas y apacibles.
Encontró a alguien que le diera cuerda,
por lo demás fue fácil, no mentía.
Sólo en las lentas noches de verano,
bajo la lámpara de los insomnios,
creían advertir que se caían,
que la casa era un ciego extraviado
tras los golpes oscuros de su propio bastón.
Es el reloj, pensaban, qué fuerte suena ahora.
Con tino y tacto fue talando el tiempo,
el bosque misterioso de las horas.
Su hacha diminuta e incansable
llegó al hondón de las habitaciones,
hizo rodar cabezas una a una, amputó
las manos que le daban cuerda y furia.
Su voz seguía tenue en el salón
cuando ya nadie la podía oír,
y luego fue cesando,
herida,
imperceptible,
pues hay otros relojes
más fieros que los nuestros
que acaban por matarlos.
LABOR
En torno a la camilla las mujeres
conducen las agujas del reloj de la tarde.
Un templado sosiego de metales
acaricia la estancia, la hipnotiza
con dedos inefables y danza de muñecas.
Prendida en los visillos, la infinita
tarde levanta espuma de colores,
invoca un viejo ángel
de oro atravesando la paz de las madejas.
Ahí están las esclavas del Señor,
sus mudas hilanderas meditando
sagradas escrituras de lana minuciosa.
Desde un regazo oculto, entre los codos,
por el extremo vivo de los ovillos
que brincan por el suelo y sueñan gatos
se asoma con paciencia una bufanda,
la manga de un jersey,
un guante o un patuco inmaculado.
Una de ellas, de pie en la indecisa luz,
prende el anochecer de una bombilla
y con una inquietud que no comprende
deja huir un suspiro
sobre el río del aire,
un mudo hilván de aliento
que suspende las manos y los siglos
y revela, al trasluz de las mujeres que recogen sus labores,
la inexpugnable trama silenciosa
que sostiene este mundo.
[Ésta es la puerta de mis Samarcandas,...]
Ésta es la puerta de mis Samarcandas,
mi puente levadizo al aire,
el vado
donde pasa el mar Rojo mi pueblo
de uno sólo,
mientras se hunde el faraón del miedo.
Mentira en realidad,
éste es el reino,
la página mortal donde estoy vivo.
La nave fénix que mecía a Ulises,
la espada al sol de mi Quijote a cuestas.
Palacio de papel
sin llaves ni salón,
cabaña a pájaros,
desolado solar donde vago por breñas
y encuentro lo que ves…
ésta es mi casa.
[Hemos sido juguetes...]
Hemos sido juguetes
en las manos violentas de niños locos
que parecían dioses,
y habían sido juguetes
en las manos violentas de niños locos
que parecían dioses.
[Los que más me conocen...]
Los que más me conocen
dicen de mí que vivo a uvas,
lejos
de la conversación y el hilo,
ido
como una carabela que nunca regresó
de su inicial viaje
o no supiera cómo.
Lo acepto: soy el extranjero ausente,
el que traza la lluvia con el índice
sobre la luz huidiza del cristal,
el que llora con gotas que resbalan por fuera
la tristeza del agua entre dos mundos.
No es mala voluntad,
es que estar despistado
es atender a muchas razones a la vez,
y una soberbia idolatría dentro
no en vano me susurra
que yo no soy de aquí,
que no me entregue
a estas bestias de bar y de domingos
que ignoran dónde están las esclavas cantoras
y cualquier otra estrella
desde las que vendrán un día a rescatarme.
[Llegue la sangre al río de la aurora,...]
Llegue la sangre al río de la aurora,
lo encienda con su llamarada al tacto,
a los relámpagos de la visión.
Durante mucho tiempo has ocultado
la espesa sangre savia,
el árbol interior que te golpea
del corazón al mundo,
que te empuja a salir
al bosque irremediable de la piel que comprende,
al atlas de ti mismo en las hormigas.
Ahora deja atrás tus bodegones:
reviente la granada de pura encarnación,
ceda el plato a su añico,
resucite la perdiz y alumbre el campo
con sonoro plumaje que sacuda el cielo.
Y el callado mantel de crudo lino
que sostuvo tu ausencia
se rasgue para el pan de destrucción,
cultive liquen, sea sucio trapo, mortaja
feliz donde olvidó su rostro un hombre.
[Me persigue en los sueños, ciertas noches,...]
Me persigue en los sueños, ciertas noches,
con inquina feroz y ojos de brasa
que infestan de odio el cuarto, de humaredas
(y yo tiemblo de miedo,
me finjo diminuto).
Es un gigante cruel, inexplicable,
que atiza hogueras como truenos,
golpes
como cuervos de sangre en la tormenta.
Destroza armarios, muros, los visillos
rasgados de mis lágrimas, me aferra,
me lleva a rastras a su horrendo abismo.
Sé que voy a morir,
sé ya que estoy muriendo
en esas manos
y de pronto
empiezo
a recordar.
De nuevo.
Dejo de defenderme y
– por favor -
le pido con tristeza que recuerde
quién soy yo
quién es él.
Sorprendido,
ignorado,
empieza a deshacerse,
pierde el gesto salvaje,
las barbas,
la estatura.
Se queda inmóvil.
Sufre.
Mira a su alrededor
como quien vuelve desde algún lugar
de la imaginación, y no sabe quién es.
Pone una mano encima de mi hombro
y me pide perdón
o sólo calla.
Caminamos despacio
por una acera gris de aquellos tiempos,
mudos, desanimados los dos,
solos.
Al rato me pregunta
si ya dejé la escuela, qué me gusta,
si yo también tuve hijos,
cómo es que me hice viejo tan deprisa.
Yo me quedo mirándole un instante,
e igual que si viviera todavía,
no sé qué contestar.
Mientras tanto, se encienden las farolas.
Anochece en las cornisas del barrio
y en todas las ciudades que conozco,
como si lo que acabo de soñar
nunca hubiera ocurrido.
[Padre,...]
Padre,
ceniza cosechada y esparcida en la tierra
que el viento olvida y pierde
mientras cruza los páramos del reino.
De lo que fue tu voluntad no queda
sino un cuenco de sed aquí dormida,
un poso gris que casi no distingo.
Si fuiste pan
y fuiste también dientes amargos,
yo he sido el hambre póstuma,
la silenciosa orilla de aquella furia inútil.
Tus deudas, fueran las que fueran,
fui
pagándolas a ratos,
cuando pude,
hasta que sepa cuáles son
y aprenda a olvidarlas
poco a poco.
He buscado
a tientas el perdón, la libertad
de ser y de existir como cualquiera,
hijo y padre de mí, voluntad inapelable
de la vida, ese azar que nunca se discute.
Ni siquiera cuando llega la muerte.
Amén.
Por Viktor Gómez
GUADALUPE GRANDE

Guadalupe Grande nació en Madrid en 1965. Es licenciada en Antropología Social. Ha publicado los libros de poesía El libro de Lilit (Premio Rafael Alberti 1995, Renacimiento, Madrid, 1996), La llave de niebla (Calambur, Madrid, 2003), Mapas de cera (Poesía Circulante, Málaga, 2006) y Hotel para herizos (Calambur, Madrid, 2010). Junto a Juan Carlos Mestre ha traducido La aldea de sal, antología del poeta brasileño Lêdo Ivo (Calambur, 2009) Como crítico literario, ha colaborado desde 1989 en diversas publicaciones: El Mundo, El Independiente, Cuadernos Hispanoamericanos, El Urogallo, Reseña, etcétera. En el ámbito internacional, ha sido invitada a leer en diversas instituciones y festivales, como la Universidad de la Sapienza, Roma, el Festival Internacional de Poesía de Medellín, Festival Internacional de Poesía de Bogotá, o el Festival Internacional de Poesía de Sarajevo. En el año 2008 obtuvo la Beca Valle Inclán para la creación literaria en la Academia de España en Roma.
PÓRTICO
¿Será hacia esta luz?, vivir es ver volver, entonces el regreso,
regresar para vivir,
retornar con la pupila de otros días a la mirada de hoy,
como regresan las plantas a la luz, como retorna la hoja a la raíz, como llega la semilla al fruto de su íntima voluntad.
Todos se han ido y sólo queda regresar.
No es el baile de la memoria, no son los pasos del recuerdo, no es la sombra de lo que ya no está,
es la luz en la que sólo acontece el regreso.
Te veo volver.
Sabes que todos se han ido y la mano pequeña se quedó en la grieta del muro cuando guardaba la caja de las últimas cosas: la crisálida de la libélula, la cicatriz de nieve, la carta que no enviaste, la llave de niebla, la colección de sellos para las amantes del padre, el hilo que guardaba tu madre para el laberinto, las uñas del gato muerto, el disco que siempre suena, mateo, mateo, por qué no me supiste esperar, la fotografía de la silla donde te sientas a mirar el mundo, un helecho de cristal, la espiga de oro y el pico del mirlo y la sombra invisible de la alondra (pétalos secos para el amor, nido de levadura).
Palabras, tan sólo palabras,
un cuaderno para cada palabra,
y la luz azul del pentagrama, je reviens, je reviens
y el ángel que te esperaba cada mañana en el autobús del colegio y que sólo ahora puedes ver.
Todos se han ido y sólo queda regresar:
centinela en penumbra de la piel, regreso mudo de luz y hierbaroma que atraviesa la infancia y su cicatriz.
Queda en la grieta del muro el pequeño ataúd para tu mano, las últimas cosas en un calidoscopio incesante que gira despacio en la penumbra de los días, humo y sombra en su laberinto de espejos, pequeños insectos, últimos gestos de la vida allí, fragmentos de rastros, cuadernos para la caligrafía del tiempo.
UNA VIDA MEJOR
Y daría igual que fuéramos eternos.
El escaparate brilla como los fuegos fatuos.
Tras el cristal las minúsculas manos desmenuzan la herrumbre,
una maleta, un pañuelo, un zapato, el cinturón de falsa serpiente, plumas de avestruz para el sombrero que ya nadie llevará,
así brilla el tiempo tras el cristal, fruta escarchada de los días, brillo mineral colgado de un árbol cortado, pez anudado a la cuerda de tender.
Y dará lo mismo que seamos eternos.
Mirar los escaparates, corchea arriba, semifusa abajo,
acompasar el paso para tropezar,
para llegar al mediodía, para llegar al anochecer.
Un escaparate y luego otro, y al fondo, el cajero y su ábaco de lágrimas: pasar o no pasar. O quedarnos aquí, moliendo la herrumbre con el molinillo de té.
Pero los guantes de gamuza se posan sobre el piano. Do re mi, sordamente, fa, sol, sol, felpa constante en la percusión. No, no hay pez martillo que valga. No hay animal de sombra ni luz en esta cuenta de adverbios: aquí, allí, ahora, entonces, cuándo.
Daría lo mismo que fuéramos eternos, entonces, ahora, hoy o jamás.
Es mucho más simple. No es cuestión de constelaciones, no es el brillo de la madera trasmutado en ballena, no es la piedra roseta, ni el esperanto de la lluvia, no el canto de sirena deletreado en los surcos de la pizarra. Es mucho más simple.
Una vida mejor, tan solo una vida mejor.
Una vida con memoria de elefante y sed de camello y ojo de lince, brújula de cormorán, solidaridad de hormiga, precisión de abeja, una vida con fidelidad de cisne y sonrisa de chimpancé y delicadeza de libélula y piel de leopardo, conversación de bosque, majestad de cordillera y siempre el cuento de nunca acabar.
Primera lección nunca aprendida en las cuevas de sésamo: la vida está aquí, no allí, y todos creen que seremos eternos.
En el escaparate brilla la caja registradora, pequeña cola de alacrán, servilletero que nos abraza a la mesa,
una vida mejor,
aquí, allí, al otro lado del cristal.
Y nada importa que seamos eternos.
GATAS PARIENDO
Así escuchas las cosas de tu vida como el maullido de un gato al fondo del jardín
Te despiertas de madrugada y oyes al fondo muy al fondo ese remoto maullido de gato recién nacido
Y un verano y luego otro y otro más hasta llegar a esta noche
al fondo del jardín al fondo
Así escuchas las cosas de tu vida así escuchas las cosas del mundo
a oscuras de noche palpando el susto de no entender o el de no querer hacerlo
y ese gato no para de maullar y es una pequeña herida no sabes de qué no sabes de quién pero ahí está insistiendo clamando de hambre y noche al borde del peligro al borde del abismo al borde del jardín Un coche un faro luego nada
Y continuarán los maullidos más obcecados que tú y si no al tiempo al próximo verano hasta la próxima canícula sonido desvalido como una onomatopeya tan poco lírica que no la puedes escribir
Qué pensaría nadie y quien es nadie al leer esa onomatopeya tan líricamente escrita tan ridículamente sonora tan de viñeta de posguerra
pero suena suena cada noche
y tú para bordear la herida dices que así empezó todo con una onomatopeya con un sonido tan innombrable como ahora el insistente maullido del gato recién nacido convocándote a dónde pidiéndote qué
O quizá algo peor tal vez nada te convoque y tan solo te despiertas en medio de la noche para ser el precario testigo que no puede traducir una onomatopeya Eso te dices para bordear la herida
Escuchas el maullido del gato Has visto un hombre sin brazos al borde de la limosna has rozado la pierna perdida del animal en el pantalón doblado sobre el muslo has comprendido que la muerte es un ramo de rosas de plástico atado a un farol
y te has preguntado qué palabra no es una onomatopeya indescifrable, una persecución en la sombra
Un verano y otro al fondo de la vida al fondo del jardín al fondo del sonido
Y las gatas siguen pariendo sin parar y paren onomatopeyas que al fondo del jardín resuenan como las tablas de la ley
Por Viktor Gómez
MIGUEL ÁNGEL CURIEL

Miguel Ángel Curiel (Korbach Valdeck, Alemania, 31 de marzo de 1968). Fundamentalmente poeta y narrador, es español, aunque nació en Alemania, hacia donde habían emigrado sus padres, originarios de Jaraiz de la Vera (Cáceres); con un año de edad su familia se trasladó a Talavera de la Reina, provincia de Toledo, donde transcurrió su infancia y la mayor parte de su juventud. Hizo estudios de Geografía e Historia en Madrid. Viajero impenitente, ha estado en Potiers, Saarbrucken, Nuremberg y Florencia y en su juventud militó activamente en política; también fue cantautor. En la actualidad reside en Lugo. Es autor de los libros: El Verano (accésit del premio Adonáis, 2000), Un libro difícil (Premio Esquío de poesía, 2005), Por efecto de las aguas (Premio de poesía San Juan de la Cruz, 2008, Colección Adonáis), Diario de la Luz (DVD, Barcelona, 2008)
TORMENTA EN LA RAIA
La tormenta se nos echó encima.
Plástica y efímera como todo
lo que es bello por sí mismo.
Se quema el árbol en la lejanía
de estas sierras espeluznantes
donde cuesta andar y
cuesta escribir.
Tirar esa palabra al mar.
Tirarlas todas al mar.
Devolvérselas a Dios.
Cegar con piedras
el pozo de la luz.
PÁJAROS
No importa la edad de un pájaro.
Más ilumina la melodía
en la oscuridad.
Atravesamos una zarza dulce
y se echa a volar el dolor.
Hemos congelado la rosa.
Hemos congelado la luz,
las manzanas negras.
Nos hemos congelado
a nosotros mismos.
Gallinita ciega que
a mis pies se convirtió
en un puñado de sal.
CUCHARADAS DE VINO
Cuando oigo mi nombre
en boca de otro
siento miedo y placer.
Después me despierto
como nieve pegada al muro,
o acaso me alimento
de visiones breves.
Cucharadas de vino.
MUNCH
Para Víctor Gómez Ferrer
“Coimbra a 22 de diciembre de 1989:
ha muerto Beckett. Con su obra lúcida,
esperanza esculpida en el rostro”
Miguel Torga
El grito de Munch es un grito de luz.
La boca oscura nunca se cierra.
Él inyecta agua o leche en los párpados.
El grito gira en su silencio,
en el desagüe el sol.
El único dios que he visto es el huracán.
Mientras cuece el agua afuera hay nieve.
Suyas son las huellas que llegan hasta la casa.
Enhebra el hilo, pero un día el rostro
ya no podrá enhebrarlo. Si clavarse la aguja
para seguir viendo lo invisible.
Agudizar. Elegir el sitio del dolor.
En vez de un poema liberador
un poema a secas.
PINO DE LOS CAÑOS
Cuelga la piedra del chopo
y lo inclina hacia la nada.
Remuevo el saúco y lo que
cae de él es mi nombre.
Si fuera un árbol sería
como ese pino que forma
con la tierra un ángulo agudo.
(De catorce grados, como el vino solar
de esta tierra lejana y oscura
donde pasé mi juventud)
BUITRES
Los buitres son buenos.
Trabajan el marfil.
Cuidan de los huérfanos de la primavera.
Esos corderitos lamen el oído.
Todos los seres queridos se convierten
un día en reses.
¿Así es como se acercan?
No se va el silencio.
Nunca se va.
Ya nunca estoy en los poemas.
LUGAR
Poco cambió este lugar.
Inalterable y solitario
siempre abierto al mediodía.
Tu poesía parece haberse ido
muy lejos a buscarte y
nunca te has marchado.
Ya no la dominas, demasiado lejana.
El pulso te tiembla por el pájaro
que hay dentro de ti.
Le das vino.
Abres la boca para que escape.
Abres el grifo y escuchas.
Algo se ha cerrado para siempre.
FARO
Este faro donde
me han invitado a dormir
y donde no consigo dormir.
Enviamos luz
y un haz negro hacia el fondo.
Guiar la aventura.
De esta soledad
dependen muchos.
CROCUS
Pisad crocus.
No recojáis crocus.
No os comáis los crocus.
Pisad esos crocus negros que salen bajo la nieve.
No os llevéis los crocus a casa.
No arranquéis los estambres de los crocus.
No os comáis esas florecillas que salen bajo la nieve.
No llenéis de crocus las cajitas.
No echéis al fuego los crocus.
No vendáis los crocus.
No metáis en las orejas de los cerdos los crocus.
No los oláis.
CAJA
El vacío es una caja
hecha por ángeles,
encierra toda la
oscuridad del mundo
y alguien la echa al fuego…
LOCURA
Llanuras sin montañas al fondo.
Parece un buen sitio para escribir
y dejarse el pelo largo.
Todos los alacranes son míos.
El veneno negro de la luz.
Los ojos vuelan.
Algún día nevara.
Es un buen lugar para la nieve.
Mi boca está vacía
por la sequía y la locura.
Lo amarillo pincha el ojo.
Suena el gong.
PESCANDO EN EL TIETAR
Pesco, el sol no deja que piense en mí.
Lanzo y recojo.
El sol no deja que vea la boya
que baila en el agua.
Si se clava la muerte
el sol no me dejará ver la picada.
Tirará hasta romper el sedal.
Cuando pesco no lucho.
Bebo el agua.
ESTORNINOS
Estorninos.
Bucles de estorninos.
Ceniza de las palabras
que han iluminado el día.
¿Y qué le hemos dicho a los jefes,
a los idiotas, a los perros
que muerden huesos de aviones?
Bucles de estornino.
Hemos callado
y hemos fabricado
cajas de silencio.
EL ÚLTIMO DÍA DEL MUNDO
Es el último día del mundo
y todo está tranquilo.
Nadie vuelve del amor.
La carretera va hacia el sol.
El camino del invierno
atraviesa el verano.
Morir mientras duermes.
No pueden quemarse
nuestros ojos en la nieve.
Las visiones no son visibles.
BLANCO
Las palabras quemaron la boca.
El silencio o las uvas los ojos.
La leche quemó el hígado.
Esta hoja,
este blanco de la hoja,
afuera esa nieve,
ese blanco de la vida.
Casa caliente
mundo frío.
Desnudo
me traga el silencio
mientras me como el pan.
OCTUBRE
Vengo de aquellas montañas.
Mi poesía viene de aquellas montañas
a las que raras veces canto.
Si fuera el cazador de perdices negras
fundaría en ellas una ciudad
para los desposeídos.
La poesía ha muerto
y las montañas viven.
Qué pocas palabras me quedan
para decirlo todo.
Mejor no escribirlas
y se pierdan en la luz.
MESA PUESTA
Nadie come.
Está todo puesto para ser olvidado.
El lenguaje mismo
ya no quiere ser bello.
Es el lenguaje de un viejo que va de blanco.
Toma el vino en la concha
para emborrachar a su ángel.
Un techo blanco
y tener agua, grifos de luz.
Se oyen los pasos,
las explosiones de dinamita.
Desde la ventana se ve la boca del túnel.
¿Hay himen en la boca abierta?
¿Cómo puede romperlo una palabra?
Tener un pozo de nieve
donde echar al ciervo.
MODIGLIANI
Los que se van.
Ese instante.
Se pierden ellos primero en la luz
y luego la luz en nosotros.
El calor de la piedra
en la mano fría.
El agua tibia,
o siempre un poco más fría
que el vino.
Jacobo Modigliani intenso en la nada.
Se puede morir de miedo,
pintar de lejos los propios ojos
hasta deformar la propia vida.
Tocar el piano muy lento,
más suave.
Besar una tecla mientras
se cuece el agua.
CUERDA
Se trenza la cuerda.
No se rompe ninguna palabra
por el peso del mundo.
Pero yo si me rompo al hablar.
Trenzo el silencio.
Que no se rompa el hilo de luz
que me voy comiendo.
Espacio oscuro,
nada brilla.
Lo que veo no está.
La nieve que piso es mi edad.
Sé que es blanca.
pero no hay luz para hablar de ello.
Cualquier bicho de ojos rojos está caliente.
Se queman por dentro.
Tampoco la ceniza se ve,
ni la vaca con la que choco.
CARTA DEL 1 DE NOVIEMBRE
En una ciudad cualquiera
en un cementerio cualquiera
donde nunca vivió ni murió uno de los míos,
donde me encuentro de paso
y a la que supongo nunca volveré,
he comprado unas flores y se las he dado
a una muchacha. Me las ha cogido
como si ya estuviera muerto.
Así me ha mirado, entonces más arriba
dicen mis ojos, donde la luz
se come los pájaros.
No lo dicen siempre.
No siempre están pensando en lo que ven,
o lo que no ven es más puro
y entonces menos visible.
La fruta cae y se pudre.
De más arriba cae el amor
y se restablece.
Desde un poco más arriba nada se cae.
¿Vamos nosotros hasta esas alturas
A tirarlo a la tierra
o a soplar el vidrio de la visión?
Por Viktor Gómez
CARLOS PIERA

Carlos Piera Gil (Madrid, 1942). Estudió en el Liceo Francés de Madrid, en la Universidad Complutense de Madrid y, luego, en Barcelona. Miembro del Círculo Lingüístico de Madrid, junto con Rafael Sánchez Ferlosio, Víctor Sánchez de Zavala, Agustín García Calvo e Isabel Llácer. Se doctoró en la UCLA con una tesis inédita sobre métrica. Ha sido profesor en la Cornell University (Ithaca, EEUU) y en la Universidad Autónoma de Madrid. Fue miembro del consejo de redacción de la revista de ensayo La balsa de la medusa. Es responsable de la sección de métrica de la Revista de Erudición y Crítica. Es autor de cuatro libros de poesía: Versos (1972), Antología para un papagayo (1984), De lo que viene como si se fuera (1991) y Religio y otros poemas (2005). Ha publicado un libro de ensayo, titulado Contrariedades del sujeto (1993).
ESPECTRO BREVEMENTE
Een schilderij die spreekt, een spook van weinig’uren
[Una pintura que habla, un fantasma de unas pocas horas]
CONSTANTIJN HUYGENS, EEN COMEDIANT
A una señora mayor que vivía sola
e imaginaba visitas de vivos y muertos,
que siempre la dejaban sin despedirse
Esa televisión tuya de espectros
a falta de presente
se enciende y se apaga sola, como el presente,
ciudad de puras desapariciones.
Hace familia de lo que no ha llegado, de las
intemperies pequeñas , las infidelidades
del electrodoméstico, lo que, en tiempos perdidos,
era querer abrazos y no saber de quién.
Vienen como a tomar el té, como si estar aquí fuera lo lógico,
como si hubiera tiempo y gana y gente
para colgar los cuadros. Y se van como vienen
(con la lógica antigua de llegar para nada
y una técnica nueva para dar soledad)
a sus ocupaciones, al vacío, insistente
promesa incumplida de amor.
Y así habremos sido y son ellos:
como las hojas en el torbellino.
*
*
*
La esperanza es interminable, intermitente,
funciona, como los televisores y la vida, mal.
Hemos venido hasta acabar traidores
o morir, que es lo mismo:
marchar sin despedirse,
venir sin cuerpo y sin voluntad propia,
ser poca cosa y anunciar desgracias,
repetir lo que fuimos,
cobrar tragedia en nombre del amor.
Cruzamos la ventana, como el vencejo,
para acabar así. Todos somos el mismo y el viento
para las hojas en el remolino.
*
*
*
Hemos vivido para que no nos cojan vivos
y aun a ti, que quisieras asirte a nosotros,
te eludimos con una displicencia de muertos, ásperos,
irónicos sin gracias, cumpliendo desganadamente
un trámite trágico en ti. Porque en ti, que nos tratas de muertos,
vivimos como hemos vivido, unas ráfagas,
de las ausencias a las concisiones,
sólo rebeldes en el gesto y esta
capacidad de huir.
Sólo se sabe que nos vamos yendo,
desabridos, secándonos,
como las hojas en el torbellino.
*
*
*
Una vida con curso de murciélago,
fingiendo hasta la imagen de las rachas del viento.
Unos caminos vistos
a sacudidas para la pantalla.
No la verdad: lo póstumo. Máquina de sinopsis.
Porque la vida es esta coincidencia de muebles,
todos somos el mismo.
Todos somos el mismo y este viento que somos
y estos papeles en el remolino.
De Religio y otros poemas